ANTONIO MACHADO. El largo éxodo y la muerte de Antonio Machado, por Pablo Corbalán, en Tiempo de historia. España, 1975

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Ultima foto AMR 2ª versión OJOEl largo éxodo y la muerte de Antonio Machado

 

Pablo Corbalán
Tiempo de historia. España, 1975.

 

El día 15 de enero de 1939 las tropas del general Yagüe tomaron Tarragona, y por la brecha abierta en lo que ya no podía considerarse frente republicano, se lanzaron hacia el norte varios cuerpos de ejército. La aviación nacional bombardeó de nuevo Barcelona. Bajo las bombas, grupos de soldados, muchachos y muchachas, intentaban levantar barricadas con los adoquines arrancados del pavimento de las calles. Era un último esfuerzo desesperado de defensa. Faltaban las armas, se carecía de fusiles y de ametralladoras. Las armas que estaban depositadas en la frontera, y que el Gobierno francés había autorizado para que entraran en Cataluña, no llegaron nunca. El Estado Mayor comunicó al Gobierno, en la noche del 21 al 22, que el frente ya no existía. Había quedado roto en Solsona, en Garraf y en el sector de Igualada-Manresa. Como consecuencia, el Gobierno ordenó que abandonaran Barcelona todos los organismos oficiales. La confusión en la capital era enorme. No se sabía quién mandaba y la orden de evacuación de los dos mil hombres que componían el Cuerpo de Guardias de Asalto sembró el pánico y el espíritu de derrota se extendió por todas partes. Millares de vehículos cargados de gentes militares y civiles, y millares de civiles y militares a pie, se lanzaron hacia Gerona.

El día 22, un decano de la Universidad de Barcelona se presentó en “Torre Castañer”, la villa que ocupaba don Antonio Machado y su familia en la capital, en el paseo de San Gervasio, donde les instaló el profesor Wenceslao Roces, para invitarle, a él y a los suyos, a abandonar la ciudad, de acuerdo con las autoridades republicanas. El mensajero le informa que saldrían todos formando parte de una expedición de escritores y profesores.

Una vez aceptada por el poeta la invitación, fue a recogerles un coche enviado por el comisario general de Sanidad Militar, Gómez de Lara. A él subieron don Antonio, su madre, doña Ana Ruiz, su hermano José y la esposa de éste. Entre la confusión que invadía las calles, el coche llegó a la Dirección de Sanidad. Era ya de noche y la aviación enemiga volaba una y otra vez sobre Barcelona. Los reflectores barrían el cielo nocturno en tanto algunas piezas de la defensa antiaérea disparaban contra los aviones nacionalistas. Bajo esta fantasmagórica situación, y por la carretera invadida por los fugitivos, confundido entre la marabunta de camiones y coches que se adelantan, caen a las cunetas o chocan entre sí, el auto que conduce a los Machado intenta también llegar a Gerona. Cuando amanece entran en la ciudad. “Gerona -refiere Teresa Pámies- era un manicomio: llena de forasteros acorralados, de vehículos sin gasolina o estropeados… Los caminos estaban llenos de baches y resultaba más seguro ir en bicicleta que sobre cuatro ruedas… Sobre las majestuosas escaleras de la catedral dormían niños y mujeres, de la riada del éxodo. Las calles estrechas de la parte alta estaban tan llenas de militares en desbandada que habría sido difícil buscar desertores entre ellos. No todos, sin embargo, eran desertores. Había soldados que perdieron su unidad, aturdidos, físicamente agotados, pero buscando todavía un jefe militar, un batallón, una compañía en la que poder hacer el último gesto o para no encontrarse solos. Las escenas eran conmovedoras”.

La expedición de la que formaban parte los Machado había sido organizada por el doctor Trías. Su propósito era llegar a la frontera. Y formaban parte de ella, entre otros, Tomás Navarro Tomás (director de la Biblioteca Nacional), los profesores Juan Roura, José y Joaquín Xirau (catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona); Enrique Rioja, José M. Sacristán (neurólogo), Royo Gómez (geólogo), Ricardo Vinós, José Puche (rector de la Universidad de Valencia), José Pous y Pagés y los escritores Caries Riba y Corpus Barga. Al atardecer pudieron hacer alto en un caserón de Cerviá de Ter. El día 26, una ambulancia leslleva hasta la masía “Max Feixat”, cerca de Viladásens. Mientras la riada continúa y sigue fluyendo, los Machado y sus amigos descansan ante el fuego. Otra vez era la noche. Corpus Barga, cronista excepcional de este dramático viaje junto a José Machado, hermano del poeta, y Enrique Rioja, escribió: “Fuimos de noche… una hermosa, y debía haber sido abundante masía catalana… Estaba Antonio Machado con su madre, su hermano José, el pintor, y la mujer de éste… Machado tenia su inseparable bastón entre las piernas… Ni mientras esperábamos en la masía, ni luego en la expedición, aquella misma noche, y al día siguiente, habló de la guerra y de la situación en que nos encontrábamos si no era provocado por alguna pregunta, y contestaba brevemente y como de pasada, volviendo a la conversación que llevaba sobre temas de la vida y las letras”. Don Antonio se acomodó junto al fuego, sobre un diván, entre la luz mortecina. Surgió el tema de Valle-Inclán. Se le oía repetir: “Tenemos que dejarnos de hablar así de Valle-Inclán; su obra está pidiendo que hablemos de ella y de él muy en serio”. En plena catástrofe, el poeta se volvía a los poetas. Intentaba ocultar o disimular sus preocupaciones inmediatas, como había hecho siempre, a no ser en sus escritos y sus intervenciones públicas, desde que la guerra había comenzado. En Barcelona, en el crudo invierno de 1938, al atardecer, le gustaba recibir algunos amigos, entre los que eran asiduos Navarro Tomás y el maestro Tornar. Y, junto a la chimenea, escasa de carbón, pero siempre abastecida por el cuidado de los que le querían, disfrutaba leyendo en voz alta o escuchando de labios de algún concurrente páginas del “Quijote”, obra que siempre tenía a mano “y en la que cada día encontrábamos nuevas facetas: Shakespeare, Tolstoi, Dostoyevsky, Dickens… De poesía, a Bécquer y a Rubén Darío”.

Hacia Collioure

Según Corpus Barga, desde la masía gerundense a la frontera tardaron casi un día completo. La marcha se hacía cada vez más difícil sobre una situación siempre la misma. “Delante -refiere José Machado- había toda clase de vehículos casi empotrados unos en otros, formando un tapón que impedía todo avance. Hubo que hacer un alto en el camino, sin esperanza de poder continuar. Caía la tarde. Definitivamente, ya no se podía reanudar la marcha”. Las gentes se lanzaban fuera de los coches y los camiones empujados por el ansia de alcanzar cuanto antes el límite fronterizo. Desde este punto existen diferencias entre el relato de Corpus Barga y el del hermano de don Antonio. Mientras éste asegura que Machado y sus compañeros de ruta abandonaron también el auto en que viajaban para unirse a la multitud que les arrastraba, aquél afirma que ni el poeta ni su madre llegaron a descender del vehículo y sólo lo hicieron para cruzar la frontera. Barga escribe que don Antonio pasó a Francia con equipaje. Sea como quiera, lo que sí parece cierto es que todo el grupo cruzó el puesto aduanero por debajo de una “pesada cadena de hierro” que sostenían dos enormes senegaleses. Desde allí, Barga y los hermanos Xirau se adelantaron hasta la caseta en la que se encontraba el comisario de policía. Y regresaron con buenas noticias: el grupo puede entrar en territorio francés. Corpus Barga tuvo que explicarle al policía quién era la persona que traían con ellos. “Se trata -le dijo- de don Antonio Machado, un viejo poeta que es en España lo mismo que Paul Valéry en Francia, y que se encuentra enfermo y tan achacoso como su madre”. “Y le rogué -agrega- que tuviese a su buena chimenea de leña a Machado y a su madre mientras yo y mis amigos bajábamos a Cerbére, que no está tan cerca, a buscar un carruaje cualquiera para trasladarlos. El comisario me contestó que no necesitábamos molestarnos, pues irían en su automóvil. Así ocurrió”. El comisario les dijo que aguardaran y que serían llamados por su nombre. Enrique Rioja ha referido: “Para no agravar la impaciencia de las gentes que esperaban pasar a Francia, que eran muchas, aguardamos al caer la noche para salvar el medio kilómetro, o poco más, que nos separaba de la frontera. Llegado el momento, cada uno de nosotros avanzó con sus familiares. A don Antonio y a los suyos se les hizo pasar apenas llegaron; a muchos de los demás se les fue llamando nominalmente”.

En el coche del policía, entre filas de soldados, llegaron a la estación de Cerbére, y allí fueron alojados en un vagón de ferrocarril, en el que pasaron la noche, ya que en la ciudad fue imposible encontrar alojamiento. Entre la milicia francesa y los refugiados españoles han ocupado todos los locales hábiles. Una noche ciega de frío y de lluvia. La primera noche en el exilio. Al bajar del automóvil, doña Ana, con sus ochenta y ocho años, con la cabellera chorreando agua, era, según el profesor Xirau, una belleza trágica. La anciana repetía a sus hijos, como una niña: “¿Llegaremos pronto a Sevilla?”.

Iba muriendo el 27 de enero de 1939. Por la mañana, turbia de nubes, desayunaron en la cantina de la estación. El relato de Corpus Barga prosigue diciendo que los Machado no llevaban moneda francesa, pero que al día siguiente se la facilitaron y que, desde Perpignan, donde se había desplazado, Navarro Tomás le trajo a don Antonio una carta del ministro de Estado de la República Española en la que decía que la Embajada republicana en París “tomaba a su cargo todos los gastos de él y su familia”. Pero el poeta no quiso aceptar y prefirió quedarse en cualquier pueblecito cercano del mediodía. Barga le conducirá, con los suyos, hasta Collioure.

Por este relato -y como hace observar Aurora de Albornóz- puede verse que, en ningún momento, en aquellas dramáticas jornadas, se sintieron desasistidos Antonio Machado y sus familiares. Desde que la situación en Barcelona se hizo insostenible -los “camisas negras” del general Gambara y las tropas de Yagüe y de Solchaga entraban en la ciudad el día 26 bajo la protección de sus aviones- contaron con la protección de las autoridades, que les facilitaron los medios necesarios de transporte y les organizaron el viaje a Francia. Y tuvieron, además, a su lado amigos fieles que les resolvieron impedimentos y obstáculos y les condujeron, finalmente, hasta un lugar tranquilo.

La política y el poeta

Cuando Antonio Machado llegó a Collioure llevaba tres años fuera de su casa de Madrid, tantos como para él había durado la guerra civil. Se había instalado en la capital a raíz de proclamarse la República, cuando fue fundado el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza Calderón de la Barca, al ser triplicado el número de éstos en toda España. Don Antonio venía de Segovia, donde había enseñado francés, asignatura que siguió explicando en Madrid. En Segovia, junto a unos cuantos amigos, había sido uno de los que izaron la bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento el 14 de abril. Siempre se había sentido adherido al bando antimonárquico y sus ideas políticas, en el curso de los años, fueron acendrándose y hasta radicalizándose en una especie de aperturismo, diríamos ahora, hacia la izquierda. A los sesenta y tres años evocaba con admiración y respeto la figura humana de Pablo Iglesias, el fundador del partido socialista, al que había visto y oído en un mitin cuando sólo contaba catorce. A vueltas con la memoria, escribiría: “De lo único que puedo responder es de la emoción que en mi alma iban despertando las palabras encendidas de Pablo Iglesias, Al escucharle, hacia yo -escribió en 1938- la única reflexión que sobre su oratoria puede hacer un niño: ‘Parece que es verdad lo que este hombre dice”‘.

Desde aquel encuentro, a tan temprana edad, don Antonio fue siempre demócrata fiel abierto a la evolución de sus ideales. Y a éstos estuvo entregado, consecuentemente, como lo demuestran sus escritos de la guerra y de antes de la guerra en los años más trágicos de la historia española contemporánea, No fue nunca un militante, no se afilió nunca a ningún partido, Pero ya en 1915 -como ha estudiado Aurora de Albornoz- aparece su firma al pie de un documento político. Se trataba de un manifiesto aliadófilo. Un acontecimiento que le hizo meditar profundamente fue la revolución rusa del 17. Y en 1918 participó en una manifestación en favor de los presos políticos condenados por la huelga de agosto del año anterior, Largo Caballero, Anguiano, Besteiro y Saborit. En 1922 figura como fundador de la Liga de Derechos del Hombre; cuatro años más tarde firma el Llamamiento de Alianza Republicana y toma parte posteriormente en campañas en favor de la Republica. A principios de los años treinta escribe varias reflexiones sobre la vida política española y sucesos tales como la insurrección del 34 en Asturias y Cataluña. Aurora de Albornoz nos ilustra también sobre su adhesión al Comité de Escritores para la Defensa de la Cultura, de clara tendencia izquierdista (1935), y de su firma en el Manifiesto de la Unión Universal por la Paz (1936), junto a Manuel Azaña, Ángel Ossorio, Julio Álvarez del Vayo y el doctor Hernando. Unas declaraciones suyas, aparecidas en el diario madrileño “Ahora”, en octubre de 1936, no dejan lugar a dudas sobre su evolución hacia un socialismo humanista y, digámoslo así, populista.

En sus primeros años madrileños, en esta etapa de su vida, don Antonio se dedica a sus clases, en el Instituto, a pasear y frecuentar tertulias en diversos cafés, a escribir y a adorar a su “Guiomar”, el amor de su vejez. En 1934 comienzan a aparecer en el periódico “Diario de Madrid” las primeras entregas de “Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo”, que luego continuarían en “El Sol” y que se publicarían en libro poco antes de estallar la sublevación militar. Por esa misma época, firma la convocatoria a un banquete-homenaje a Rafael Alberti, a quien dos años antes había enviado, para su revista “Octubre” (Escritores y Artistas Revolucionarios) un artículo “Sobre una posible poesía comunista venida de Rusia”.

De Madrid, a Valencia

La guerra civil supuso para Machado una interior y viva crispación que se transformó inmediatamente en un profundo y público compromiso. Ese compromiso no llegaría a terminar más que con la muerte. En su casa de la calle General Arrando, 4 -hoy Goded-, don Antonio se sintió sacudido por un impulso juvenil y desde los primeros momentos se dispuso a “ejercerlo” con su pluma. Su primer escrito desde esta actitud fue el poema que dedicó a García Lorca, que debió ser escrito en el mes de septiembre de 1936 y que fue publicado por vez primera en el semanario “Ayuda”, de Madrid, al mes siguiente. Fue el poema más largo y mejor compuesto de cuantos escribió durante la guerra, lo que demuestra hasta qué punto se sintió conmovido por el asesinato del poeta de Granada.

Mientras tanto, los combates habían ido aproximándose a Madrid, y a Machado le tocó vivir las más graves circunstancias de aquellos momentos. La ciudad, en los últimos días de octubre, se encontraba a tiro de cañón de las tropas nacionales que mandaba el general Varela. El día 25 fue cortado el ferrocarril del Sur, por Ciempozuelos. El ejército del general Mola avanzaba desde Ávila. Madrid comenzó a ser bombardeado Intensamente y, como protesta por estas acciones, Machado firmó, con Menéndez Pidal, José Gaos, los profesores Márquez, Moles, Millares, Medinaveitia, Cuatrecasas, Navarro Tomás, el escultor Victorio Macho y el poeta Moreno Villa, un documento que fue dado a conocer en el extranjero. El 4 de noviembre, Varela ocupó Alcorcón Leganés y Getafe. Todo el mundo esperaba la caída de Madrid de un momento a otro. El día 5 los nacionalistas tomaron el Cerro de los Ángeles. En Carabanchel se luchaba casa por casa. El Gobierno republicano tuvo que abandonar la capital, instalándose en Valencia. Y se hicieron llamamientos para que salieran todas aquellas personas que no fueran necesarias para la defensa. Los combates decisivos se produjeron los días 7 y 8. Del primero de ellos data el segundo poema escrito por Machado durante la guerra, cuatro versos repletos de trágico aliento.

Las órdenes de evacuación alcanzaron también a los intelectuales y don Antonio Machado, como otros muchos escritores, artistas y profesores, fueron invitados a trasladarse a la nueva sede del Gobierno, a orillas del Mediterráneo. Rafael Alberti fue encargado de visitar a don Antonio. “A la Alianza de Intelectuales -escribió- se le encomendó, entre otras cosas, la visita a Antonio Machado para comunicarle la invitación. Y una mañana bombardeada de otoño (era en los últimos días de noviembre), el poeta León Felipe y yo nos presentamos en su casa. Salió Machado, grande y lento, y tras él, como la sombra fina de una rama, su anciana madre. No se comprendía bien cómo de aquella frágil, diminuta mujer pudo brotar roble tan alto. La casa, lo mismo que cualquiera, rica o pobre, de aquellos días de Madrid, estaba helada. Machado nos escuchó concentrado y triste. “No creía él -nos dijo al fin- que había llegado el momento de abandonar la capital”. ¿Escasez, crudeza del invierno que se avecinaba? Tan malos los había sufrido toda su vida en Soria u otras ciudades y pueblos de Castilla. Se resistía a marchar. Hubo que hacerle una segunda visita. Y ésta, con apremio. Se luchaba ya en las calles de Madrid… Después de insistirle, aceptó. Pero insinuando, casi rozado de pudor, con aquella dignidad y gravedad tan suya, salir también con sus hermanos Joaquín y José…”. Y pidió también que con él fueran los ocho hijos de los dos matrimonios. Todos los intelectuales reunidos se concentraron en el cuartel del 5.° Regimiento. Los nombres de la lista llegan a abrumar. Y después de una cena de despedida, en autocares, salieron para Valencia. En la capital levantina fueron alojados en un edificio que desde aquel dia pasó a llamarse Casa de la Cultura. Allí vivieron, más o menos tiempo, investigadores, profesores, arquitectos, pintores, médicos, pensadores, escritores y poetas. Don Antonio Machado y los suyos permanecieron en Valencia sólo unos días porque en seguida les proporcionaron un chalet en el pueblecito de Rocafort, muy cerca de la ciudad. Se llamaba “Villa Amparo”, y tenia un jardín con palmeras, naranjos y limoneros.

La Casa de la Cultura

La Casa de la Cultura se convirtió inmediatamente en el centro intelectual más importante del país. Todos sus huéspedes se entregaron al trabajo en medio de la guerra. Escribían, dictaban conferencias, celebraban exposiciones artísticas y coloquios, y los médicos atendían los hospitales y los laboratorios. Las conferencias se daban en la Universidad o en otros lugares acondicionados. Recordemos algunos nombres: Dámaso Alonso, que disertó sobre “Los héroes épicos y el pueblo”; Navarro Tomás, sobre “El espíritu del pueblo en la formación del idioma”; Ots y Capdequí, decano de la Facultad de Derecho, sobre “El elemento popular y las minorías gobernantes en la obra de la expansión española en América”; Julián Bonfante, del Instituto de Lenguas Clásicas del Centro de Estudios Históricos, sobre “La cuestión de los arios”; Juan Peset, catedrático de Medicina de la Universidad valenciana, sobre “Las individualidades y la situación en las conductas actuales”; León Felipe, sobre “Universalidad y exaltación”, etcétera.

La Casa de la Cultura tuvo su revista, que llevaba el título de “Madrid”. Era una publicación que carecía de antecedentes, como rezaba el texto de su presentación. Había nacido de unas muy concretas y trágicas circunstancias y, por no inscribirse en ninguna especialidad, las incluía todas. En ella colaboraron científicos y poetas, investigadores, escritores y arquitectos, pintores y pedagogos. Así, en sus páginas, se encontraban sin clasificación, despreciándola, y, al mismo tiempo, superándola en demostración de emergencia, firmas como las de Gutiérrez Solana, Arteta, Victorio Macho, Cristóbal Ruiz o Capuz, bajo dibujos; o como las de Antonio Machado, Juan José Domenchina, Manuel Azaña, José Bergamín, Angel Ossorio, Emilio Prados, José F. Montesinos o José Gaos al pie de textos literarios, o como las de los sabios M. Márquez, E. Moles, Del Río Hortega, A. Duperier, J. M. Sacristán, Gonzalo R. Lafora, José Giral o Antonio Medinaveitia al final de estudios científicos. La colección de esta revista -recientemente editada en facsímil- constituye un auténtico documento de la cultura en la guerra española.

Desde su refugio de “Villa Amparo”, Machado se entregó también al trabajo. Enviaba comentarios y artículos a “Madrid”, y desde enero de 1937 a la revista “Hora de España”, otra publicación excepcional, en la que no dejó de colaborar hasta su desaparición, en Barcelona, donde fue trasladada, en 1939. Otras colaboraciones suyas aparecieron en “Servicio Español de Información”, el diario “La Vanguardia” y diversas publicaciones del frente y la retaguardia. En ese mismo año apareció su libro “La guerra”, en una preciosa edición, cuidadísima, con dibujos de su hermano José, en el que reunió todos sus escritos en prosa publicados hasta entonces.

En “Villa Amparo” le visitaban amigos y gentes que iban a conocerle. Al principio se sentía enfermo y nervioso, pero poco a poco fue reponiéndose y se entregó a sus quehaceres literarios con temperamento juvenil. Escribe más poemas, entre ellos un himno a las juventudes y un soneto en el que se le va el alma hacia su amada “Guiomar”, a la que evoca instalada en un “finisterre”, ante “otro mar, la mar de España / que Camoens cantara, tenebrosa”. Con la guerra por medio, no dejaba de gritarle su corazón de anciano enamorado. Su lugar para escribir era el comedor del chalet. “En el amplio comedor -escribe el poeta Pla y Beltrán- se quedaba todas las noches ante su mesa de trabajo y, como de costumbre, rodeado de libros. Metido en su gabán desafiaba el frío escribiendo hasta las primeras horas del amanecer, en que abría el gran ventanal para ver la salida del sol o, en otras ocasiones, y a pesar de estar cada día menos ágil, subía a lo alto de la torre para verlo despertar allá lejos, sobre el horizonte del mar”. Pocas veces salía de Rocafort. Una de ellas fue para intervenir en un acto público que se celebró en la plaza de Castelar, en Valencia, y en donde, desde una improvisada tribuna, pronunció un corto discurso ante una multitud ingente que le aclamaba. Otra fue con motivo del II Congreso Internacional de Escritores, que tuvo lugar en julio del mismo año 1937. El primero de estos Congresos, organizados por la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, se había celebrado en París en 1935, pero la decisión de que el segundo tuviera España como sede se tomó en una reunión posterior, a propuesta de los delegados españoles. El anuncio del II Congreso lo firmaron Romain Rolland, Henrich Mann y André Malraux, entre otros. A la asamblea de 1935 se quería que hubiesen asistido Antonio Machado, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, García Lorca y Ramón J. Sender, pero, al final, por diversas causas, no acudieron ninguna de estas personalidades, y la delegación española estuvo a cargo de Julio Alvarez del Vayo, Luis Araquistain, Arturo Serrano Plaja y Andrés Carranque de Ríos. Don Ramón del Valle-Inclán envió un telegrama de adhesión. El II Congreso se celebró en Valencia y Madrid y fue clausurado en Barcelona. Vinieron escritores de todo el mundo: Bertold Brecht, Hemingway, César Vallejo, John Dos Passos, Julián Benda, llya Ehrenburg, Tristan Tzara, Juan Marinello, Octavio Paz, Vicente Huidobro, Anna Seghers, Stephen Spender, Langston Hughes, Pablo Neruda, Ludwig Renn, Hermann Hesse, etcétera. Corpus Barga, Alberti, Max Aub y Bergamín fueron sus principales organizadores, y en las sesiones tomaron parte destacada Andersen Nexo (que lo presidió), Malcolm Cowley, Jef Last, André Chanson, Fedor Kelyin y algunos de los citados anteriormente. Los jóvenes escritores y artistas españoles presentaron una “ponencia colectiva” que estaba firmada por A. Sánchez Barbudo, Emilio Prados, Juan Gil-Albert, Miguel Hernández, Arturo Serrano Plaja, Eduardo Vicente y otros más. El discurso de clausura, en las sesiones de Valencia, lo pronunció Machado; el de la inauguración, el danés Nexo. Entre las adhesiones que se recibieron estaba la de Albert Einstein.

Camino de la muerte

En el mes de abril de 1938 los ejércitos nacionalistas avanzaban hacia el Mediterráneo, camino de Castellón. La zona republicana iba a ser cortada en dos y el Gobierno se trasladó a Barcelona. Con él marcharon casi todos los intelectuales refugiados en Valencia, y entre ellos don Antonio Machado. La guerra estaba decidiéndose en los campos de batalla, aunque todavía faltaban por producirse los grandes combates del Ebro. Machado, en esta segunda etapa de su itinerario bélico, había empeorado de salud. Cuando salía a pasear por el jardín de “Villa Amparo” se fatigaba y cada vez acortaba más las salidas. Había enflaquecido y su rostro ya no se parecía al de sus fotos de pocos meses antes. En una de sus entrevistas con Pla y Beltrán, le había confesado: “Tengo la certeza de que el extranjero significaría mi muerte”. Una tarde de aquel mismo mes recibió un telegrama de Barcelona urgiéndole a abandonar Rocafort. Al día siguiente, al atardecer, los Machado llegaban al hotel Majestic, donde residieron provisionalmente, hasta que, al cabo de un mes, les instalaron en la residencia del paseo de San Gervasio, propiedad de la duquesa de Moragas. Pero, a pesar de los achaques, de su malestar, continúa escribiendo en aquellos salones vacíos de su nuevo albergue. Inicia sus colaboraciones en “La Vanguardia” y autoriza una edición popular de su romance “La tierra de Alvargonzález”, destinada a los soldados del frente. Para que pudiera resguardarse del frío invierno que madrugaba, le llevaron carbón. Don Antonio no abandonaba nunca su viejo abrigo, con el que se envolvía arrellanándose en su sillón. Visita frecuente en aquellos días era la de León Felipe. Y entre fríos, trabajos llegando con los amigos trabajos llegando el día de la partida definitiva de España.

Antonio Machado, acompañado de los suyos y conducido por Corpus Barga, llegó a Collioure el 28 de enero del 39. Desde la estación al pueblo, Barga tuvo que llevar en brazos a doña Ana Ruiz. Al llegar a la plaza principal encontraron el hotel Bougnol-Quintana, en el que quedaron alojados y del cual ya no saldrían ni el poeta ni su anciana madre. Para que el grupo pudiera desenvolverse mejor, la esposa de José Machado cargó con las maletas y don Antonio y doña Ana quedaron en una tienda de antigüedades hasta que Barga, José y la mujer de éste volvieron por ellos. En el pequeño hotel -sólo tiene dos plantas- les recibieron la señora Quintana y su hijo, que les ofrecieron habitación en la planta alta. Al día siguiente, Sarga tomó el tren de París. Los Machado quedaron solos. Doña Ana apenas si puede moverse de la cama, y don Antonio permanece largas horas junto a ella. A veces la deja al cuidado de la hotelera, mientras él y su hermano pasean por las callejuelas del pueblo o van a contemplar el mar. Collioure es alegre, pero para ellos su alegría blanca y azul nada significan. A la hora del almuerzo y de la comida, don Antonio ruega a la señora Quintana que ponga la radio para escuchar las noticias de lo que está ocurriendo en España. La señora Quintana se afana por cuidar a sus huéspedes y les atiende con cariño. Don Antonio, dándose cuenta de su desvalimiento económico, le dice: “Ya que no tengo dinero para pagarte, le haré un poema”. El 9 de febrero le escribió a José Bergamín. En la carta le da cuenta de su situación: “Después de un éxodo lamentable, pasé la frontera… en condiciones empeorables (ni un solo céntimo francés), y hoy me encuentro en Collioure… y gracias a un pequeño auxilio oficial, con recursos suficientes para acabar el mes. Mi problema más inmediato es el de poder residir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo literario o trasladarme a la URSS, donde encontraría amplia y favorable acogida”. Le pide que muestre su agradecimiento a la Asociación de Escritores franceses e insiste en que le solucione su situación económica. Pero, “realmente -refiere José Machado- venía herido de muerte del fatal éxodo… Su grandeza espiritual se sobrepuso a tantas fatigas -espirituales y corporales- con la resignación de un verdadero santo”. El cansancio del poeta es inmenso y en uno de sus paseos, le dice al hermano: “¡Quién pudiera vivir ahí tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación!”. Fue su última salida. Cayó en cama. El 18 de febrero empeoró su neumonía, complicándosele con una gastroenteritis. Con lo ojos cerrados y ya delirante, repetía: Merci, madame; mercí, madame, agradeciéndole a la señora Quintana sus cuidados. Sus últimas palabras fueron: “Adiós, madre”. Murió a las cuatro de la tarde del día 22. Su hermano encontró, en uno de los bolsillos de su gabán, unos papelitos escritos y arrugados. En uno de ellos recordaba a “Guiomar”; en el otro podía leerse un solitario verso: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Como Collioure estaba llena de refugiados españoles, la noticia de la muerte del poeta se corrió inmediatamente, y hasta su cuarto del hotel llegaron oficiales y soldados, que cubrieron su cadáver con una bandera tricolor y lo rodearon de flores. Desde París, Jean Cassou pidió que fuera trasladado a la capital francesa para ofrecerle un entierro con gran pompa, pero la familia se negó. Y fue sepultado al día siguiente. El féretro fue llevado a hombros por seis milicianos. Toda la población, hasta el alcalde, le acompañaron al cementerio. Doña Ana Ruiz falleció tres días después que su hijo. Y fue enterrada a su lado, en un panteón que había ofrecido una señora francesa, amiga de la señora Quintana.

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